
Desde que era una niña viví entre dos mundos opuestos, distintos, sumergida en una confusión absolutamente bella, donde no existían diferencias culturales, religiosas y hablase el idioma que hablase todos me entendían. La imagen de mi abuela Fátima, con sus trenzas teñidas de henna, su cara tatuada con cenizas y su túnica larga de terciopelo bordada siempre me había fascinado, y me había invitado a reflexionar sobre mis orígenes. Nací y crecí en Amman, la capital Jordana, y en mi casa respire un ambiente multicultural, sin fronteras y tolerante.
Durante mi infancia nunca me había planteado mi identidad, al contrario siempre había sido un elemento que no me llamaba la atención, mi herencia española y jordana se fusionaban con tal armonía que se había convertido en la única realidad capaz de comprender. No entendía de fronteras culturales ni religiosas, y mezclaba el castellano y el árabe en una misma frase, puesto que en casa todos nos entendíamos a la perfección.
Recuerdo mis largos viajes en coche a Kerak, la cuidad de mi abuela con la voz de Fairuz de fondo cantando versos cargados de espíritu árabe, odas a la libertad y a esa identidad perdida. Rodeada de conflictos, estudiando la historia de una identidad truncada por invasiones occidentales que como si de un juego de ajedrez se tratara, dividieron la zona de medio oriente a sus anchas. Sin embargo, debo aclarar que mi infancia en Amman fue de lo mas placida, siendo Jordania un país pacifico y seguro.
Ambas culturas jordana y palestina son similares en todos los aspectos, compartiendo el mismo espíritu de pertenencia, los mismos aromas y sabores, la música y la literatura. De hecho, parte de mi no cree en las separaciones y las diferencias superficiales que algunos subrayan y que son producto de las intromisiones extranjeras que buscan desmembrar esa unión temida.
De todos modos, Palestina a diferencia de Jordania solo puede agarrarse a los recuerdos de naranjos, paseos bajo los olivos y las compras en el zoco de Jerusalén. Su nombre ha sido borrado de los mapas actuales, pero ninguna fuerza ha podido aniquilar la identidad de un pueblo que mantiene la cultura viva. Palestina respira en los relatos de un pasado feliz, se estremece con el deslizamiento de la pluma de un poeta sobre hojas mojadas, empapadas de lagrimas que lloran su perdida. Las mujeres bordan grandes tejidos que envuelven y protegen la memoria de un pueblo que ha sobrevivido al holocausto cultural.
La globalización y el bombardeo occidental de cultura de masas se ha infiltrado en la realidad de la cultura árabe en general, y las tradiciones y costumbres se han quedado incrustadas en un marco folclórico y no se han intentado trasladar a la realidad actual. Las nuevas generaciones no mantienen lazos fuertes con la cultura que los vio nacer, y con el paso del tiempo el vinculo es mas débil y casi invisible.
Un día rebuscando en los armarios de mi casa de Amman, encontré una vestido típico de la ciudad de mi abuela, un ejemplar en miniatura igual que el que llevaba ella. Me lo había regalado el día que nací, de terciopelo negro y con el escote bordado por ella misma. Tenerlo entre mis manos despertó en mi una nostalgia por un pasado jamás vivido, y me entro la necesidad de saber mas acerca de mis orígenes beduinos, saber mas sobre mi abuelo que nunca conocí, y darle un significado a los tatuajes de mi abuela que parecían contar historias infinitas.
Mi curiosidad me llevo a conocer a Widad Kawar, mujer jordana de origen palestino que ha dedicado gran parte de su vida a coleccionar y recopilar ejemplares de vestimentas regionales de la zona. De hecho ella es la persona con la colección mas amplia y completa de prendas palestinas y jordanas. Le explique el motivo de mi investigación, y emocionada por ver que una persona joven se interesaba por la herencia cultural me proporciono la bibliografía necesaria. La mayoría son obras suyas, fruto de sus esfuerzos por documentar la historia textil de la zona. Sin duda me gustaría agradecerle su gran ayuda, y su disponibilidad para entrevistarla como figura clave en la preservación de la tradición.
Como amante del arte y la moda, percibo una gran fuerza y carga simbólica en la artesanía textil de mi tierra, teniendo en cuenta que una pequeña parte de Palestina esta instaurada en mi interior. La costumbre tejera de Jordania y el arte del bordado palestino son claros ejemplos de preservación de la identidad, que han sido mantenidos gracias a asociaciones artesanales como Beni Hamideh o la Fundación del rió Jordan . No obstante dada la perdida de vínculos emotivos con la verdadera tradición, no han habido propuestas que descontextualicen este bagaje cultural y artesanal del marco folklórico y no se ha intentado cambiar esa visión de la artesanía textil como elemento decorativo superficial.
Primero como Jordana y árabe, y luego como diseñadora me gustaría trasladar esta herencia textil a una propuesta mas contemporánea, mas actual y mas cercana a esas nuevas generaciones para reconectarlo con sus orígenes, con esa identidad incomprendida, confusa y perdida.
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